DOCE AÑOS
Después de tantos años sin abrir aquella puerta, la cerradura estaba obstruida y herrumbrosa. Víctor sintió que ofrecía una resistencia feroz a ser penetrada, como si no quisiera dejar entrar la llave para ahorrarle un reencuentro con un pasado que resultaba incierto. Él, que era alto, de mirada aguda, y con cuarenta años que parecían treinta, tenía el rostro abatido por el jet lag tras más de diez horas de vuelo.
Aquella noche iba a dormir allí, en la que fue su casa de la infancia, en la que fue su habitación hasta los doce años, cuando migró a España con su padre tras la separación del matrimonio que llegó con el primer ingreso psiquiátrico de su madre. Ahora, 28 años después, y tras la muerte de ella, volvía a aquella casa para zanjar asuntos y arreglar documentos.
Curioso, pensó, que al atravesar el umbral de aquel quicio no sintiera nada. Ni rastro de melancolía. El paso de los años le había helado el alma, o eso creía. Caminó por el pasillo infinito y llegó al salón. Abrió las cortinas esparciendo una nube de polvo que enturbió la atmósfera y reveló los haces de luz que penetraban por la ventana en aquel caluroso mediodía de primavera. Al lado estaba su habitación, y el armario. Abrió la puerta para ver qué había y fue allí donde se derrumbó la fachada del hombre adulto.
Fue un gesto que abrió la verdadera ventana al pasado en un viaje sinestésico. Intacta, tal cual la había dejado, redescubrió su colección de pegatinas. Rostros, logos, personajes... cada cual tenía una historia, una anécdota, y él las recordaba todas, pues eran los ladrillos de su existencia. Habían salido de aquellos pequeños sobres escondidos en las bolsas de patatas que devoraba en las meriendas en la playa con sus hermanos y primos...bañadas en litros de limonada helada que preparaba la tía Julia tras jornadas interminables de juego y salitre. Fueron años de ilusiones, de familia y vida plena, antes de que todo se fuera al garete. Víctor se quedó allí llorando solo y luego sonrió, pues se dio cuenta de que no eran lágrimas de pena sino de alegría por haber vivido aquella infancia que resultaba inolvidable.

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